domingo, 25 de mayo de 2008

Despuès de la Homilìa

Cuando el pueblo de Israel fue libertado por Dios de la esclavitud que viviò en Egipto, le tocò pasar cuarenta años en el desierto, y protestò por no tener què comer. Dios precediò a proveerles, con el manà, y como no tenìan agua, les dio el preciado lìquido de una roca.
Dios quizo decirles, desde un primer momento, que no sòlo del pan vive el hombre.
Es cierto que se necesita del alimento material para vivir. No hay duda. Pero el alimento principal es todo lo que sale de la boca de Dios: su Palabra.
A Dios hay que alabarlo siempre, en las buenas y en las malas. Hay que bendecirlo en toda circunstancia por difìcil que ella sea.
La Eucaristìa se revela desde el momento de la travesìa por el desierto, donde reina la aridez. Se revela con el pan, que està representado por el manà, todo miel, y por el agua: el cuerpo y la sangre del Hijo de Dios.
La Eucaristìa es la acciòn de gracias del cristiano por participar en la Cena del Señor.
El Cuerpo y la Sangre de Jesùs, el regalo de Dios; cuerpo, representado por el pan; y vino, que es la Sangre de Jesucristo.
Con alegrìa hoy la Iglesia celebra el Cuerpo de Cristo, en el Dìa del Señor, que es el Domingo, y donde ningùn catòlico puede estar ausente.
Al comulgar recibimos a Jesucristo. He aqui la trascendencia de la Eucaristìa.

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Juan Manuel Estrada
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