lunes, 10 de octubre de 2011

Pablo VI y la civilización del amor

“El amor es paciente, servicial y sin envidia” San Pablo
Vino al mundo y sus padres le pusieron estos nombres: Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini. Nació en Lombardía, el 26 de septiembre de 1897 y murió en Castel Gandolfo el 6 de agosto de 1978.
Es elegido Papa el 21 de junio de 1963.
Sucedió al llamado, con justificación, Papa Bueno, Juan XXIII. Antes había sido nombrado Arzobispo de Milán y Cardenal, nombramientos que efectuaron Pío XII y Juan XXIII, respectivamente.
Un hombre que, desde que asumió el nombre del apóstol Pablo, anunciaría al mundo cual sería el sello de su gestión: difundir el Evangelio de Jesucristo a todos.
Ese promotor de paz, llamado Juan XXIII, convocó al Concilio Vaticano II, su gran obra, y Pablo VI se propuso culminarlo y lo logró, interpretando, a partir de su culminación, sus mandatos, caminando, como se ha podido constatar con la posteridad, con mucho cuidado, entre los distintos grupos dentro de la Iglesia Católica. Esto le permitió superar las reformas de sus predecesores y sucesores.
Por su devoción a María, la nombró Virgen Madre de la Iglesia durante la celebración del Concilio.
Un Papa de diálogo, buscando convencer, persuadir, de que el amor es el camino hacia una civilización fundada en él. Dialogó con cristianos, con ortodoxos, con otras religiones e incluso con ateos. No excluyó a nadie. Y es que el diálogo es la única manera de encontrar soluciones sin acudir a la guerra, al conflicto, es como se logra la convivencia dentro de las diferencias, que siempre las habrá.
Se consideraba un humilde servidor de la humanidad. Sufría con sus males y exigía, a los acaudalados de los Estados Unidos y Europa cambios significativos a favor de los pobres del Tercer Mundo. Parece que poco fueron atendidas sus exigencias porque la situación de pobreza en el mundo ha avanzado y el planeta está en vilo de sucesos cada día más lamentables.
Su Encíclica Populorum Progressio, publicada el 26 de marzo de 1967, plantea, con vigencia extraordinaria, que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz; un desarrollo de todos los pueblos que pueda hacer posible un humanismo pleno gobernado por los valores espirituales.
Hablando de paz. La Jornada mundial de la Paz, que se celebra cada primero de enero, es fruto de su iniciativa por los años finales de la década del sesenta.
En su Encíclica Octogésima Adviens, dedicada a Rerum Novarum, en sus ochenta años, afirma la insuficiencia de las ideologías para responder a los complejos problemas de la sociedad post-industrial. Sólo en el Evangelio de Cristo, que se basa en el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo, está la salvación de la humanidad. No hay otro camino.
Y ahora, que el Papa Benedicto XVI, está convocando a una Nueva Evangelización, nada más propicio que leer, releer e internalizar la Evangelli Nuntiandi, una Carta apostólica del Papa Pablo VI, del 3 de diciembre de 1975, donde se afirma que hay un vínculo profundo entre evangelización y promoción humana. Al hombre a quien hay que evangelizar no es un hombre abstracto sino un ser sujeto a problemas sociales y económicos.

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Juan Manuel Estrada
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