sábado, 29 de marzo de 2008

La velocidad es enemiga del amor

Josè A. Saènz Antort, en una columna denominada, rosa de los vientos, Sala de Espera, No. 49, abril 2007, publicò, La compleja sencillez de ir despacio.
Antes de comentar el interesante y actual artìculo, quiero referirme a lo que Napoleòn le decìa a su ayudante a la hora de vestirse: vìsteme despacio que voy ligero.
El ex presidente venezolano, Eleazar Lòpez Contreras, hizo famosa una frase: sin prisa pero sin pausa.
Expresiones del mismo o parecido tenor son las siguientes: despacio se anda lejos; de la velocidad lo que queda es el cansancio.
Gabilondo Pujol, citado por Saènz Antort, dice: ¨Hay que saber mucho, para ser sencillo e ir despacio ¨.
Son tres dones, que encierra la cita, que debemos cultivar.
¨Lo sencillo, al igual que la lentitud, es un resultado. En cambio la simpleza y el apresuramiento ( que ambos bochornos ostenta la acelerada globalizaciòn que padecemos ) son estados primarios y elementales, que rinden pleitesìa a la rapidez y a la cantidad, en desmedro de la calidad y del tempo¨ Saènz Astort dixit.
La velocidad impide amar. Se sacrifica la sensualidad o el erotismo por la penetraciòn inmediata.
Se pierde el contacto con los amigos y, por ende, la amistad.
Se pierde la belleza del disfrute atento de un paisaje o de una obra de arte.
Por andar ligero no hay tiempo para Dios, Jesùs y el Espirìtu Santo.
Por andar a toda màquina se olvida la necesidad del silencio para orar, para estar con Dios y consigo mismo.
La oraciòn, que es necesaria para crecer espiritualmente, que debe hacerse de manera sincera, transparente y de todo corazòn, no se hace, por la velocidad, por la carrera, por andar ligero. Se pierde lo que recomendaba Juan Pablo II, Orar sin cesar, como encontramos en Lc 18, 1, en concordancia con lo recomendado por el querido y admirado Papa, precitado.
Por andar apresurados y atolondrados los hijos no tienen tiempo para amar y honrar a los padres, violando asì uno de los Diez Mandamientos de Dios. No les importa abandonarles, ni les oyen ni mucho menos les escuchan y atienden. Pueden dejarles en cualquier calle o lìnea de taxis para que se vayan...
Perdimos mucho. Un discurso de calidad, de belleza en contenido y uso de la lengua, escasea en la jerga de polìticos y gobernantes, y màs allà de èstos. Se cae fàcilmente en la vulgaridad verbal por la velocidad.
La mùsica sufre mucho por la velocidad.
La gastronomìa tambièn, porque no se degusta un exquisito plato, por la velocidad.
Seguro estoy que Leonardo Da Vinci no hubiera hecho La Gioconda si hubiera actuado con ligereza; igual le hubiera pasado a Rafael o a Miguel Angel, al momento de pintar La liberaciòn de Pedro, el primero, o el David, el segundo.
¿ Dejarà el hombre la velocidad ?
¿ Se convertirà en un autòmata por andar ligero ?

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Juan Manuel Estrada
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Escritos en el Tiempo