lunes, 4 de junio de 2012

La cristianización de la economía


“La preocupación de la Iglesia es el desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad” Sollicitudo Rei Socialis.
En mi cuaderno de notas había titulado esta entrega con el de La Economía según la DSI y cuando me dispuse a tipearla cambié de parecer. Es cristianización de todas las actividades, entre ellas, la economía, cuyo beneficiario integral debe ser el hombre.
La economía es asunto delicado y todo Estado o Gobierno debe cuidarla con mucho tacto, buscando que esté al servicio o felicidad de los seres.
Todos tenemos el derecho de usar los bienes de la creación de Dios y es ese el fin del Destino Universal de los bienes. Pero ¡Ojo! cuidando los recursos naturales y el ambiente. Por cierto, que cada 5 de junio, se celebra el Día Mundial del Ambiente.
Se ha de ser racional cuidando la tierra. Ella, de manera insistente gime por el maltrato que el hombre le da. Se desgarra y reacciona.
Al hablar de actividades económicas, diremos que son infinitas y, que, en ese delicado tacto o trato de los Estados o Gobiernos, debería tenerse en cuenta lo difícil que es controlarlas rigurosamente. Se requiere que los controles sean pocos, claros, precisos y sabios, de modo tal que la libertad de emprender no se vea menoscabada o limitada. El mercado ha de ser libre con controles limitados, y el bienestar y la prosperidad no se hará esperar.
Los ilícitos en las actividades económicas han de ser combatidos por los gobiernos. La actividad económica no ha de estar reñida con la moral. Negocios sin alma y sin principios – no me vayan a llamar iluso o soñador – destruyen a las sociedades.
Las actividades económicas han de respetar la dignidad del trabajo y por supuesto, la del trabajador.
El respeto al trabajador es respeto a la familia. Esta es la célula fundamental de la sociedad, patrimonio principal de la humanidad, según nuestro santo papa, Benedicto XVI. 
El trabajador hace pensar en la imagen de Dios. No olvidemos que el Señor hizo al hombre a su imagen y semejanza.
El ejercicio de la actividad económica implica responsabilidades de sus actores, llámense empresarios, trabajadores o estado. Todos deberían contribuir con el bien común.
La Doctrina Social de la Iglesia no es “una tercera vía” entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista. Tampoco es una posición alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia.  Su objetivo principal es interpretar las complejas relaciones humanas – entre ellas las devinientes de la actividad económica – con lo que enseña el Evangelio acerca del ser humano y su vocación terrena, que es trascendente para orientar la conducta cristiana.
El católico siempre orientado por el Evangelio deberá proponer que haya una justa o equitativa distribución de la riqueza. Deberá velar por el respeto de la propiedad privada. Su ideal, su norte, es la cristianización de la vida económica.
Juan XXIII nos legó lo siguiente: “la dignidad de la persona humana exige necesariamente, como fundamento natural para vivir, el derecho al uso de los bienes de la tierra, al cual corresponde la obligación fundamental de otorgar una propiedad privada, en cuanto sea posible, a todos… y, por otra parte, la nobleza intrínseca del trabajo exige… la conservación y el perfeccionamiento de un orden social que haga posible una propiedad segura, aunque sea modesta a todas las clases del pueblo” (Mater et Magistra 114).

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Juan Manuel Estrada
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