domingo, 21 de marzo de 2010

¿Un juicio de mayorías?

A Jesús lo arrestan en la madrugada. Parece que, la noche, ha sido momento para fraguar las peores acciones del hombre, con honrosas excepciones.
La traición de Judas se ha consumado.
Esa noche de la pasión, Jesús dijo: “Me muero de tristeza” (Mt 26, 38). Y fue tal la angustia, que sufrió de hematidrosis, o sudor de sangre.
Lucas afirma que, fue tal la angustia, que “le chorreaba hasta el suelo un sudor parecido a goterones de sangre” (Lc 22, 4).
Jesús se abandona en la voluntad del Padre y acepta ésta.
Su condición de Dios, hecho hombre, le hace sufrir, sin ser pecador, la naturaleza pecadora de todos los hombres y mujeres.
Hecho preso, comienzan las maniobras para enjuiciarlo a como dé lugar. Caifás, junto a su suegro, ambos sumos sacerdotes, ancianos codiciosos, soberbios, desvergonzados y corruptos, amantes de las riquezas mal habidas.
Pues bien, es de madrugada. Ambiente no siempre destinado para orar, rezar y dormir, sino para acciones de otra naturaleza. Caifás tiene deferencia para con su suegro y le permite que interrogue al detenido. Es un interrogatorio que se celebra en la mansión de Caifás, quien, con su astucia, maniobra, procediendo a convocar al consejo de judíos – el sanedrín – a su casa, para proceder a enjuiciar al Hijo de Dios.
¿Por qué en su casa?
Por la relevancia del juicio. Caifás no quería que trascendiera. Además, porque el pueblo estaba de fiesta. Se celebraba la vigilia pascual, y el Templo, en Jerusalén, estaba abarrotado, y un juicio de connotaciones políticas y religiosas no podía celebrarse ante tal gentío.
Jesús permanece en silencio. Ya él ha hablado públicamente a todo el mundo y nada tiene que ocultar.
Lo quieren acusar, pero necesitan dos testigos, porque la ley establecía claramente que “sólo por la disposición de dos o más testigos se procederá a la ejecución del reo. No se le ejecutará por la deposición de un solo testigo” (Deuteronomio 17, 6).
Saben que es inocente. Quieren valerse de todo para condenarlo. No cuenta para Caifás y los del consejo de judíos, que están ante la Verdad, ante Dios hecho hombre para salvarnos de los pecados.
¿Y qué es la Verdad? Pregunta Pilatos.
Poncio Pilatos es ese gobernante, escéptico, desconfiado, incrédulo, indiferente y frío. Es ese tipo de político que sólo tiene una verdad: no creer en nada, ni en el bien ni en el mal. Es ese tipo de político o gobernante que se encoge de hombros, que se lava las manos, ante un dilema moral y traslada a la mayoría la decisión. Desdeña apoyarse en la verdad, en la justicia, en la caridad y en el bien, aunque sabe, está convencido, de la inocencia de Jesús. Sólo le interesa el poder por el poder.
Ese juicio lo “resuelve” la mayoría que, está comprobado no siempre tiene la razón. Que prefirió a un presunto delincuente o presunto luchador político – Barrabás – y despreció a un inocente, solicitando su crucifixión. El Plan de Dios iba a costar sangre, pero estaba destinado a llevar al hombre, que abusó de su libertad, a la vida eterna para la que fue creado.

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Juan Manuel Estrada
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Escritos en el Tiempo