domingo, 13 de enero de 2008

Después de la Homilía

Después de la Homilía trato de recordar qué grabé en mi mente hoy domingo. He estado en la Santa Eucaristía, presidida por el Presbítero, Laudi de Jesús Zambrano, Rector del Centro Bíblico Santo Tomás Moro, aquí en Maracaibo. Pues bien, a partir de este día, que se celebró el Bautizo de Nuestro Señor Jesucristo, trataré de tener con ustedes, si se quiere una conversación, para trasmitirles lo que quedó en mi mente. Toda predicación debe hacerse con voz suave, sin pleito, sin escándalo y nada de gritos, ni mucho menos tratando de imponer. Hacerlo como lo hacía Jesús. Y ya sabemos lo que nos legó eternamente, su Evangelio, la buena noticia permanente, el pan diario de su Palabra, que es vida. Que es alegría. Que es libertad. Todo el que siga su Palabra se hará libre, y atrás quedarán los miedos, las angustias, los traumas, las perturbaciones... y paremos de contar. Todo castigo debe ser para reeducar. Todo castigo debe ser ejemplarizante. En las cárceles, generalmente, no se sigue un proceso de reeducación del que delinque. Se le castiga con penas que le degradan, que le reduce en lo psíquico y en lo físico. Jesús vino, como Hijo de Dios, a sacarnos de la opresión, a reeducarnos, con su ejemplo, con su Palabra de vida, de hacernos libres de todo lo que nos tenga en tinieblas. Jesucristo es nuestro único líder. A los niños hay que castigarlos para enseñarles, no gritandoles, ni amenazándoles, sino para hacerles hombres y mujeres de bien. Un hombre siempre será pecador; pero, si quiere puede cambiar para mejor. Es preferible un pecador creyente a un pecador no creyente. Tiene más posibilidades de vencer al pecado, sin dejar de ser un pecador, el primero, es decir, el pecador creyente. Así lo creo. Así lo digo, después de la Homilía.

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Juan Manuel Estrada
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