lunes, 9 de febrero de 2015

Laicos y Sacerdotes de la mano

“A mi fiel compañero, le pido que las ayudes, no olvides que ellas lucharon conmigo al servicio de la Buena Noticia, con Clemente y mis demás colaboradores; sus nombres están escritos en el libro de la vida” (Fil 4, 3)
Ya en las postrimerías de 1965, Pablo VI, recientemente declarado Beato, dictó un decreto que trata sobre el Apostolado de los Laicos, cuyo título en latín es Apostolicam Actuositatem.
La finalidad de ese dictado papal fue la de intensificar más la actividad apostólica del Pueblo de Dios, que nunca puede faltar en la Iglesia.
La Biblia nos enseña que esta actividad laical se remonta a los orígenes de la Iglesia (cf. Act, 11, 19-21; 18, 26; Rom 16, 1-16).
Razones, más que suficientes, justifican el aumento de la actividad laical o seglar. El Espíritu Santo inclina a los laicos a hacer una vida apostólica. A propagar el Reino de Cristo para la gloria de Dios Padre.
El Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, crece con “la operación propia de cada uno de sus miembros” (Ef 4, 16) según la capacidad de cada quien y de acuerdo con la diversidad de ministerios; pero con única misión: Evangelizar y santificar a todos los hombres y mujeres de la tierra. Además, el laico debe desempeñar una vida ciudadana ejemplar, santificar el orden temporal.
El fundamento de la actividad de los laicos es la unión con Cristo Cabeza. Por el bautismo y la confirmación son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe 2, 4-10).
El laicado se ejerce en la fe, en la esperanza y en la caridad, que derrama el Espíritu Santo en todos los miembros de la Iglesia. El es administrador de la multiforme de la gracia de Dios (1 Pe 4, 10), para edificar todo el Cuerpo en la caridad.
El laico debe hacer el bien, no perder oportunidad de hacerlo y rechazar e mal, expresado en el pecado. Hacer un ejercicio continuo de fe, esperanza y caridad. Actuar movidos por la luz de Cristo, buscando la voluntad de Dios en toda circunstancia y en todos los acontecimientos, contemplando a Cristo en todos los hombres, sean deudos o extraños, y juzgando rectamente sobre el sentido y el valor de las cosas materiales en sí mismas y en consideración al fin del hombre.
La espiritualidad del laico debe tomar una nota característica del estado de matrimonio y de familia, de soltería o viudez, de ancianidad (El santo Papa Francisco anda cerca de 80 años), de jubilado o pensionado, de joven, de enfermedad, actividad profesional y social. Ha de estar capacitándose, en constante formación cristiana y profesional o ciudadana; alimentando la fe en Cristo y conociendo al dedillo su religión cristiana católica.
El laico ha de impregnar del espíritu evangélico al orden temporal local, regional, nacional e internacional con voz profética, sin miedo.
Sacerdotes y laicos se complementan. Han de actuar en relaciones de respeto y comprensión recíprocos.
Los laicos han de hacer vida parroquial, diocesana y pertenecer a grupos de apostolado o asociaciones de la Iglesia. No llevar una vida aislada o de apostolado individual.

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Juan Manuel Estrada
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