viernes, 14 de enero de 2011

Los ancianos tienen gran valía

El amor sacia el hambre del anciano que no es la del estómago.
Anciano proviene del latín “antiänus” que quiere decir de ante.
Anciano es una persona de mucha edad.
Ha habido y hay ancianos de gran valor. A guisa de ejemplos, tenemos a Juan XXIII – el Papa Bueno - y actualmente a Benedicto XVI. La historia les tiene reservado un gran sitial. Al primero, por haber convocado al Concilio Vaticano II, y al Santo Papa actual, por su inmensa sabiduría y sus posiciones en defensa cabal del Evangelio de Jesucristo.
En ellos se cumple lo del salmo: “Todavía en la vejez tienen fruto” (Sal 92, 15).
Una sociedad sabia debería honrar a todos sus ancianos y tenerles en lugar privilegiado. Una sociedad donde reine el amor y que esté consciente que “… no se puede vivir sin amor” (CDSI no. 223), actuaría en esa dirección.
Que conste desde ya, el amor no son solo palabras, son hechos concretos. Es tener obras, por pequeñas que sean, en pro del bienestar del anciano.
Cuantos hombres y mujeres han pasado la barrera de los sesenta años – que se tiene como partida de la vejez o del eufemismo llamado tercera edad o adulto mayor – en condiciones de aportar sus conocimientos y experiencias en el ámbito laboral y en el de la responsabilidad, son marginados. Es una injusticia que clama al cielo.
El artículo 80 de la sufrida Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece: “El Estado garantizará a los ancianos y ancianas el pleno ejercicio de sus derechos y garantías. El Estado, con la participación solidaria de las familias y la sociedad, está obligado a respetar su dignidad humana, su autonomía y les garantizará atención integral y los beneficios de la seguridad social que eleven y garanticen su calidad de vida. Las pensiones y jubilaciones otorgadas mediante el sistema de seguridad social no podrán ser inferiores al salario mínimo urbano. A los ancianos y ancianas se les garantizará el derecho a un trabajo acorde con aquellos y aquellas que manifiesten su deseo y estén en capacidad para ello”.
Yo puedo afirmar, con toda la responsabilidad del caso, que ese artículo constitucional es casi letra muerta. Hay que ver lo que sufren los viejitos cobrando piches pensiones, acérquense a verlos en los bancos… eso de la atención integral produce indignación porque no se cumple… que calvario el de un anciano para obtener asistencia médica, medicinas, alimentos... hay inhumanidad, falta de solidaridad, en pocas palabras, falta de amor por el prójimo, en este caso que me ocupa, por el anciano.
La Doctrina Social de la Iglesia afirma que “los ancianos constituyen una importante escuela de vida, capaz de transmitir valores y tradiciones y de favorecer el crecimiento de los más jóvenes: estos aprenden así a buscar no sólo el propio bien, sino también el de los demás. Si los ancianos se hallan en una situación de sufrimiento y dependencia, no sólo necesitan cuidados médicos y asistencia adecuada, sino, sobre todo, ser tratados con amor” (CDSI no. 222).
Aparecida afirma que “la globalización hace emerger en nuestros pueblos, nuevos rostros de pobres” e incluye entre estos, “los ancianos”, excluyéndolos en lo social y considerándolos “sobrantes” y “desechables”. (no. 65)
La globalización sin rostro humano, sin solidaridad, está produciendo efectos más graves que los que produjo la revolución industrial y que dio pie al Papa León XIII para publicar la célebre Encíclica Rerum novarum, que vino a ser una reacción contra las injusticias contra los rostros sufrientes donde vemos a Cristo, entre ellos, los ancianos.

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Juan Manuel Estrada
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