jueves, 3 de marzo de 2016

Los Derechos humanos: presente y permanencia en el tiempo

“Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión” (Si 15. 14)
Hay que buscar la libertad con pasión, que, en eso, radica la dignidad humana. Y partiendo desde aquí, promocionar y defender sus derechos: Los Derechos Humanos. Es “exigencia imprescindible de la dignidad humana”. Sin respeto a los Derechos Humanos difícilmente puede haber paz. No se defienden para el futuro sino para el presente, cada día, para la permanencia invariable en el tiempo.
El 10 de diciembre de 1948 fue un día grande para la entera Humanidad porque la ONU hizo su proclamación, que san Juan Pablo II definiera como “una piedra militar en el camino del progreso moral de la humanidad” (Discurso en la ONU el día 2 de octubre de 1979).
Importante destacar que la “fuente última de los derechos del hombre se debe buscar en la dignidad que pertenece a todo ser humano, no en el Estado ni en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador”. Son, por tanto, inviolables, irrenunciables e imprescriptible el delito que, en su violación, se cometa.
Quien viole un derecho humano va contra su naturaleza. Por tanto, los DDHH son inalienables.
Son universales e indivisibles.
La Iglesia ha elaborado un elenco, en mi criterio enunciativo, de los derechos del hombre: respeto al derecho a la vida desde la concepción; derecho a vivir en una familia; el derecho a un ambiente moral, libertad; conocimiento de la verdad; trabajo; fundar una familia; educar a los hijos, libertad religiosa…
Los gobiernos del mundo o de cada uno de los países que lo forman deben respetar la libertad de expresión, a no ser coaccionado – el hombre – por pensar distinto, a no obligar a nadie a actuar contra su conciencia.
El hombre universal tiene deberes y no sólo derechos. Si es gobernante, si es policía o militar, si es funcionario, debe respetar la vida, su dignidad, y no ser corrupto. El mundo, hoy está obligado, en función de la gobernabilidad, del bienestar humano, a combatir la corrupción. Parece que se está en esa dirección. Los esfuerzos del Papa Francisco están en ese difícil camino, que vienen siendo aceptados. La corrupción es un delito de lesa humanidad que debe ser sancionado severamente porque impide el progreso de los pueblos. Venezuela es un botón de muestra del desastre que ha producido la corrupción, capaz, como ha sido, de establecer un récord mundial imposible de superar: arruinar a un país petrolero que contó con un maná inmenso, del tamaño de una montaña, tipo Himalaya.
No olvidemos que lo que es derecho de los pueblos y naciones es derecho del hombre. El Derecho Internacional no es ajeno a este aserto.
Nada de declaraciones por necesarias y hermosas que sean sino pasan de ser letras muertas con guerras, violaciones, violencia, impunidad, con deportaciones en masa, como lo estamos viendo con éxodos, caso, inmigraciones, personas que huyen de guerras, de genocidios (Siria, un triste ejemplo; las emigraciones en América Latina, caso alarmante venezolano; y paro de contar).
La Iglesia tiene el deber, consciente de su misión, esencialmente religiosa, de defender y promocionar los derechos fundamentales del hombre (Gaudium et Spes, 41, del Concilio Vaticano II), de exigir el respeto de la justicia y de la paz y los derechos del hombre. Aboga por la no existencia de cárceles denigrantes de la condición humana y de hijo de Dios del hombre. Cónsono con el compromiso pastoral que se desarrolla en dos direcciones: el anuncio del fundamento cristiano de los derechos del hombre y de denuncia de las violaciones de estos derechos.
La Iglesia hace esfuerzos dialogantes con diversas instituciones religiosas, políticas y gubernamentales para que esos derechos, inherentes a la naturaleza divina del hombre, sean respetados. No quiere que sean bellas letras sino hermosas realidad para vivir en libertad, en paz, en justicia y conforme con el Evangelio de Jesucristo.

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Rafael Inciarte Bracho
Escritos en el Tiempo