viernes, 5 de febrero de 2016

Enseñar, enseña; Por la reconstrucción de Venezuela

“La prosperidad de un pueblo no consiste en la cantidad de oro que posee, sino en el número de talentos y de brazos que emplea con utilidad” (Dedico estas notas al Dr. Román José Duque Corredor, un joven septuagenario).
Leí en la mañana de hoy 4 de febrero (el de 1992 fue el día aciago de un golpe de estado fallido) un blog que, de inmediato llevé a mi muro en facebook - Rafael Antonio Inciarte Bracho -, donde se expresa una toma de posición que, a la chita callando, pero actuando, invita a la Venezuela actual – donde hay más desdicha que fortuna - a que “la apuesta no debe hacerse enteramente a la política. Hay que dejarle espacio – un gran espacio – a la educación. Sobre todo en aquellas carreras que permiten tener profesionales activos como educadores”.
El blog se titula Palabras necias. Su autor Diego Araujo Alvarado.
Varias experiencias me inspiró. El trabajo publicado en el blog, con hermosas fotos, titulado; Enseñar: el nuevo aprender.
Diego Araujo Alvarado había rechazado el ser educador; pero optó, no obstante, ser profesor de la UCAB, porque a  ésta Casa de Estudios le debía tanto, que le dio y para poner en práctica lo aprendido fuera del país. Esperanza cierta que, eso, está ocurriendo con los venezolanos aquí y en el exterior, a la chita callando.
Fundó una Cátedra “Fotografía de Moda” y más de 200 alumnos con sus creaciones geniales “son… los mejores del mundo. Nunca pensé que aprendería tanto al enseñarles”. “Y por eso… más que agradecido”.
Los profesionales destacados deben enseñar dando parte de su tiempo, de manera ad honorem, conscientes de las carencias cualitativas y cuantitativas que sufre el sistema educativo, en especial, el universitario, en términos de personal docente.
Recordé que eso ocurrió en los años 30 del siglo XX venezolano cuando algunos profesionales daban horas dedicados a la enseñanza, imbuidos, seguramente, de la nobleza de la causa de construir o reconstruir al país en todos los ordenes de la vida.
Recordé que Augusto Mijares escribió un ensayo que tituló Una generación de improvisados, en su vigente obra Lo Afirmativo Venezolano, que, los que sentimos en lo profundo las heridas de la nación, debemos leer y releer, para actuar de conformidad con sus líneas. Hay que tener presente que “la apuesta no debe hacerse enteramente a la política”.
Esa generación se formó bajo las condiciones más duras de opresión y desamparo, emprendiendo después, “una improvisación de obras colectivas que merece historia” (Mijares dixit).
Pastor Oropeza, Gabaldón, José Ignacio Baldó, Luis Caballero Mejía, el Maestro Sojo, entre otros, transformaron toda la vida venezolana a partir de 1936… Todo obra de esos hombres de esa generación solos con sus sueños durante su juventud y bajo la presión de un ambiente donde todo estaba prohibido, apenas se atrevían a cuchichear los proyectos que cada cual guardaba para el día de la liberación.
Y llegado ese día – o al menos, cuando se hubo levantado la terrible tapia de ataúd que asfixiaba al país – tampoco podían aquellos soñadores exigirle a los gobiernos improvisados desde tal ambiente que comprendieran y ayudaran sus proyectos… era insistente pedir para aquellos propósitos o la gacetilla o el artículo que se había conseguido colocar en algún diario.
Esos hombres de esa generación – poco importan las fechas, si 1918 o 1928, o un poco antes o un poco después – habían surgido de una época de silencio y depresión. Lo esencial es esto: que se trata de una sola generación que, por sus sufrimientos, su desinterés, su perseverancia y su valor moral, merece recuerdo; y no tampoco por vanagloria sino porque representa una exultante respuesta de Venezuela, a cualquiera interpretación derrotista.
Fue una generación de autodidactas, que dejó a las otras generaciones lo que ella no tuvo; una generación de improvisados, que quiso evitarle a las que vendrían después todo lo que ella había sufrido. Una generación de pedigüeños que siempre pidieron para sus ideas y nunca para sus apetitos.
Permiso y perdón para afirmarles que he enmarcado mi vida en el dar sin esperar nada a cambio; si alguna vez he pedido es para otros; que en la proximidad de septuagenario, tengo un corazón lleno de amor para servirle a los demás y al país desinteresadamente; hace cuatro años, sin solicitarlo, me nombraron profesor y he impartido clases, ad honorem, dando lo mejor de mí; atendiendo a los alumnos con solicitud y atención; y en dos ocasiones he sido nombrado padrino de promoción.

No importa la edad porque siempre el que busca halla la posibilidad de acción. Esa generación venció todo obstáculo, desaliento y vejez, y  esos hombres se encargaron de escribir en letras de oro su porvenir glorioso. Enseñar, enseña: Por la Reconstrucción de Venezuela.

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Juan Manuel Estrada
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