lunes, 21 de octubre de 2013

Mi hermano, el Papa

Finalizo hoy, la síntesis que del libro de entrevista, hiciera, y que he compartido en mi página de Facebook.
Es una entrevista hecha a Georg Ratzinger, hermano de Benedicto XVI, hoy santo Papa emérito.
Francisco dijo, el 14 de marzo, en su primera misa, que sentía una gran gratitud y afecto por Benedicto XVI,  ya que “revigorizó la Iglesia con su fe, sus conocimientos y su humildad”.
Quien no se atrevía a atacar al querido y carismático Juan Pablo II, hacía de Ratzinger su “sombra”. “El Papa querría – se decía – pero Ratzinger no lo deja”. Semejante afirmación era el mayor de los disparates, como sabían siempre los que veían los hechos desde dentro. “Juan Pablo II era un polaco demasiado testarudo como para dejarse prescribir algo por alguien, dijo su colaborador – pero menos aun se hubiese atrevido Ratzinger a dictarle algo al Papa. Lo respetaba demasiado y se daba demasiado poca importancia a sí mismo como para eso”.
Ratzinger nunca fue un hombre de la política de las intrigas. Siempre evitó organizar un grupo de poder, nunca tuvo un clan propio, rechazó por principio las alianzas secretas de agrupaciones que se entienden a sí mismas como élites. Nunca le interesaron el poder, la carrera, la influencia. Su mundo eran los libros; su objetivo, el discernimiento de la verdad; el contenido de su vida, la fe. “Es un hombre de oración, uno de los pocos que merecen el predicado de “temeroso de Dios”, que celebran la misa realmente con unción: un verdadero sacerdote”.
Admirable Juan Pablo II, como con paciencia y serenidad soportaba su enfermedad… irradiaba  ánimo, también alegría y la confianza cierta de que estaría pronto junto al Padre del cielo.
Los jóvenes deben saber que lo cotidiano no da respuestas a sus preguntas ni sentido a su vida, que se necesita otra cosa, la fe.
“!No seguro que no!” El cónclave no elegirá nunca a un hombre de 78 años de edad.  Y fue electo, el segundo día del cónclave, el 19 de abril de 2005. Una vez más, como siempre en su vida, era otro el que lo llevaba adonde, en realidad, nunca había querido ir.
Dijo en su primera misa (20 de abril de 2005): “Me pareció ver sus ojos sonrientes (los de Juan Pablo II) y escuchar sus palabras, dirigidas particularmente a mí: ¡No tengas miedo!”
Llevar una Iglesia según la doctrina y el modelo de Cristo, que “mira con serenidad al pasado y no tiene miedo al futuro”.
Seguía al Señor, que dijo “sígueme”… “si te sigo, aunque me lleves adonde no quisiera… no te rechazo… Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien”.
Vale la pena seguir la llamada del Señor. Un sacerdote recibe más de lo que da. “Dalo todo, recibe más”. Una caricatura de sacerdote es aquel que dice: “yo no me dejo quemar”.
Quien se torna en una bendición para los demás será recompensado mil veces más por el Señor. En este sentido es realmente ideal ser sacerdote y poder servir al Señor.
Joseph Ratzinger jamás fue ambicioso. Siempre fue consciente de su deber y llevó cada carga que se le ponía sobre sus espaldas lo mejor que pudo. Simplemente quería servir, quería ser, como dice su lema: “Colaborador de la verdad” y realizar bien ese servicio suyo.

Finalizo así, mi humilde y sincero homenaje a mi admirado santo Benedicto XVI. Termino así el trabajo que, voluntariamente, me impuse, al sintetizar el libro que, el Padre Angel Leonardo Villalobos Domínguez, con su humanidad y amabilidad permanentes, me prestara; libro de Michael Hesemann, que invito a leer, vale la pena hacerlo.

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Juan Manuel Estrada
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