lunes, 4 de febrero de 2013

Mater et Magistra y la economía


El 15 de mayo de 1961, Juan XXIII, el llamado Papa Bueno, dictó al mundo la carta encíclica Mater et Magistra, como un tratado sobre la economía y su incidencia en la creciente cuestión social. La dirigió, fundamentalmente, a los actores principales de las relaciones económicas: Estado (Gobernantes), empresarios y trabajadores del mundo.
Traducida del latín, la frase se refiere a la Iglesia, que es Madre y Maestra de los pueblos. Iglesia católica fundada como tal por Jesucristo para que en el transcurso de los siglos, los pueblos encontraran en Ella su salvación. Su misión es engendrar hijos para sí, educarlos y dirigirlos, velando con material solicitud por la vida de los individuos y de los pueblos.
Es preciso dejar sentado, como punto de partida que, Cristo, no sólo se ocupó del espíritu del hombre sino de lo material de su cuerpo. En cierta ocasión dijo “yo soy el camino, la verdad y la vida”, y, en otra, conmovido expresó: Siento compasión de esta muchedumbre, demostrando también que le interesaba la satisfacción de las necesidades materiales de hombres y mujeres (Mt 14, 13 – 21).
Para Juan XXIII, que tuvo la valentía de convocar e instalar el Concilio Vaticano II, la cuestión social tiene dimensiones mundiales. Lo podemos apreciar en el ayer y en el mundo actual, “guiado” por una globalización en la economía que, a nuestro modo de apreciar las cosas, ha producido una desigualdad horrorosa entre ricos y pobres, en los países, incluso, ricos.
La economía atañe a todos. Nos beneficia y nos perjudica de acuerdo con sus vaivenes.
En la encíclica, se reafirma el carácter de “derecho natural” de la propiedad privada que tiene que cumplir una función social.
La superación de la desigualdad entre ricos y pobres es urgente, si paz se quiere tener en el planeta; porque es excesiva la brecha existente.
La iniciativa privada de los ciudadanos ha de ser respetada por los gobernantes o por los Estados. No se niega hoy que, para que la economía sea exitosa y haya convivencia fecunda y bien ordenada,  es imprescindible la colaboración entre Estado, empresarios y trabajadores, en esfuerzo conjunto por el bien común nacional e internacional en este mundo entrelazado.
Téngase presente, como sana advertencia, que cuando falta la actividad de la iniciativa privada o particular (MT 57) surge la tiranía política y no sólo esto – por demás grave -, se produce además en determinados campos de la economía un estancamiento general, traducido en desabastecimiento en muchos bienes de consumo y de múltiples servicios.
Los trabajadores, a quienes más se dirige la carta encíclica Mater et Magistra, tienen dignidad, y sus salarios han de atender a ésta, al bienestar de ellos y de sus familias. No puede haber la concepción del sueldo mínimo como tope en las esferas pública y privada de la economía.
Y finalizo estas breves notas, afirmando que, el Estado, en ningún momento ha de coartar la libre iniciativa de los particulares ni ir en contra de la función subsidiaria que garantiza a los individuos  que puedan realizar con su propio esfuerzo e iniciativa actividades económicas que les son propias. Ningún poderoso debería ir en contra de ese principio de subsidiariedad porque sería destruirlos o absorberlos, lo que estancaría a la sociedad en general.

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Juan Manuel Estrada
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