martes, 14 de febrero de 2012

La palabra y sus efectos

“Tu palabra, Señor, es la verdad, santifícanos en la verdad” (Jn 17, 17).

Si pudiera hacer realidad un sueño lo haría: Crear una institución poderosa que sancione el mal decir y eleve la riqueza del lenguaje. La sanción sería moral y se publicaría – de manera obligatoria – en los medios de comunicación social, o en un archivo público.

Sin duda, es un sueño que tropieza con la realidad débil institucional venezolana; pero soñemos con lo imposible, pidamos lo imposible. Yo impetro al Señor un imposible todos los días: Que no haya hambre en el mundo.

Por lenguaje entendemos la forma, el estilo, la manera de expresarse, de hablar, de estructurar un discurso.

El discurso hace alusión a la palabra que es facultad de hablar.

Dios habló y dijo: Haya luz y hubo luz (Gen 1, 6)

Una institución de esa naturaleza tendría un cuerpo directivo de lingüistas especializados y personas de moral reconocida. Por ejemplo, en Maracaibo tenemos una persona que reúne esas condiciones, el Profesor Tito Balza Santaella, siempre preocupado por la defensa del lenguaje, que podría encabezar ese equipo.

Quizá en España al proponerle a Mario Vargas Llosa la presidencia del Cervantes se caminaba o se camina en esa onda, la de cuidar la hermosura del idioma nuestro.

¿Cuidarlo de qué? Del envilecimiento.

Por envilecimiento entendemos la contaminación, la perversión del lenguaje. Que es ir contra las buenas costumbres. Es para profanar la ley de Dios.

¿Qué efectos tiene ese repudiado propósito?

A un pueblo se le cercena su identidad, su personalidad, se le domina, cuando se le destruye su lenguaje. Es uno de los elementos más influyentes para lograr la esclavitud de un pueblo sin que se le encadene.

Hablar mal es ir contra las buenas costumbres. Lo que contamina a un hombre es lo que sale desde dentro, porque del corazón del hombre salen las malas intenciones (Léase el Evangelista Marcos 7, 14 – 23), entre ellas – agrego – el odio, la división, la destrucción… porque la palabra tiene sus efectos.

Un hombre justo construye su discurso con palabras rectas y sabias, pensando en educar y formar (Salmo 16). Que de nuestros labios no salgan palabras que destruyan.

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Juan Manuel Estrada
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