miércoles, 13 de julio de 2011

A la poesía no la asesina nadie

“... si amas a la vida, seguramente llegaras a Dios” Facundo Cabral.

Admiración eterna para un niño de la calle que se levanta y vence a la marginalidad ganando la gloria por siempre. Porque no piensen los autores de su muerte que con esta acción, vil y sanguinaria, acabaron con su luz. A la poesía no la asesina nadie.

Facundo Cabral le canto a la vida, al amor y a la libertad en un mundo de espaldas a Dios; pero donde la esperanza de los que creemos en Dios sigue ondeando en banderas de miles de colores, de esos millones de seres que han seguido y siguen su mensaje de paz. Esos que plenaban sus presentaciones.

Cuando La Plata, en Argentina, le vio nacer, un día antes, su padre abandonó a su madre y a sus hermanos; drama que es típico de nuestros pueblos latinoamericanos, donde la madre lucha, en pobreza extrema, por ser padre y madre a la vez para levantar a su prole. Generalmente esos barrios se convierten en semilleros de niños de la calle con sus nefastas consecuencias.

Facundo Cabral se lanzó a la calle desde muy niño. Ni reformatorios, ni prisiones, ni el licor, ni la delincuencia, lo tumbaron por siempre. El infortunio se enseñoreaba pero no pudo vencerle, no obstante, las caídas. Lo importante no es caer, es levantarse.

Su rebeldía se convirtió en un acicate, en una fuerza impulsora para el. Para tomar decisiones como aquella de burlar, el cerco policial del presidente Juan Domingo Perón y de Evita, su mujer.

A Eva Duarte, mujer amada del pueblo llano y humilde argentino, le admiró en el niño, mas que su valentía, lo que pedía. Cuentan que ella dijo: “es la primera vez que viene alguien a pedir trabajo y no limosna”.

Por ese acto de valentía, su madre obtuvo un empleo. También en los humildes hay dignidad, por algo Jesús dijo: “te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla” (Mt 11, 25-27).

El dolor, la miseria, la exclusión, las persecuciones policiales que no pocas veces arremeten contra los pobres, y tantas malas influencias que viven los niños de la calle - que no necesitan de palabras piadosas sino de obras - los experimentó Facundo; pero Dios lo eligió para vencer. Simón, un vagabundo - ¿un ángel? seguro que si - le recitó el sermón de la montaña y le demostró la existencia de Dios.

La inspiración mítica le llevó a la música, a su compañera inseparable, la guitarra, y vuele bajo le anunció que volaría alto, como así fuera.

A partir de ese momento, ya no hubo obstáculo insalvable para el. Se convierte en el gran cantautor. Sus canciones van a ser grabadas en más de nueve idiomas. 159 países le verán presentarse. Ni soy de aquí ni soy de allá, se convertirá en un rotundo éxito.

Ese título, ni soy de aquí ni soy de allá, me hace pensar en los inmigrantes, a los que hay que respetar y darles hospitalidad en el mundo de la globalización, de la era revolucionaria digital que acerca la lejanía.

Nunca esta demás decir que sin paz no hay progreso ni bienestar humano. Es más fácil hacer la guerra, que destruye, que llenar al mundo de caricias. Es de sabios y de inteligentes construir la paz y Facundo Cabral fue un constructor de la paz. Por ello, la UNESCO, en 1996, lo declaro mensajero de la paz e incluso, de hecho, el premio Nobel de la paz, ese gran presidente de Costa Rica, que tanto ha hecho y hace por la paz en Centroámerica - Guatemala esta ubicada en este lugar del planeta - Oscar Arias Sánchez lo propuso para premio Nobel de la paz.

La poesía no la asesina nadie y Facundo Cabral era poesía.

Ojalá la gobernabilidad, fundada eso si, en justicia, paz, libertad y democracia, en la existencia de educación de calidad, donde todos los jóvenes tengan trabajos dignos y bien remunerados, donde estén ocupados y felices, con políticas, como la implementada en Austria por Benita Ferrero Waldner, de cero desempleo juvenil, reinen en América Latina. Es harto probable que ello contribuiría poderosamente a bajar la criminalidad y violencia en esta región de nuestro sufrido planeta.

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Juan Manuel Estrada
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Escritos en el Tiempo