domingo, 13 de diciembre de 2009

Las relaciones en el mundo de la globalización.

La muchedumbre escuchó en las diversas lenguas, el anuncio de las “maravillas de Dios” (Hch 2, 4 – 11).
El hombre no puede estar aislado. Su naturaleza, de ser social, le impulsa a relacionarse. Lo relacional, que está ligado a relación, es conexión, trato, comunicación de alguien con otra persona.
Son de distintos tipos las relaciones humanas, que como persona individual o como pueblo, se pueden establecer.
Un país necesita de buena diplomacia que, siendo el arte del disimulo, permite las buenas relaciones comerciales, culturales, sociales, políticas y de toda índole.
Como persona individual, el hombre y la mujer, necesitan de relaciones para aprender, ejercitar una carrera, ganar dinero, disfrutar o simple y llanamente, ganar amigos. Deben actuar, en los vericuetos de la vida social, con tino, perspicacia, circunspección, política y diplomacia. Ser mansos como palomas y astutos como serpientes.
En las relaciones deben prevalecer la cortesía, el buen trato, el buen decir o hablar, el respeto a la dignidad de las personas, a su decoro, y respetar la confianza.
Las relaciones no deberían tener como prevalente el comercio, los intereses materiales y menos, cuando se trata de amistad. Ésta, por interés, se desvirtúa. Sería cualquier cosa, pero, nunca, amistad.
Cierto es que lo relacional es esencial para la vida de los pueblos y de los hombres.
¿Cuál es la principal conexión del hombre y la mujer?
Con Dios. Con lo Trascendente. Como cristiano católico, con Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo. Y agrego, de inmediato, y con la Iglesia. Es, si se me permite decirlo, el elenco prevalente de relacionalidad del católico.
El desarrollo está vinculado, diría que de manera indisoluble, a la inclusión relacional que, obviamente, es opuesta al aislamiento. Es realidad de comunión, de participación en lo común, de trato con Dios, de amor al prójimo, de trato familiar, y de recibir la eucaristía. ¡Pobre del país que margina a Dios! ¡Pobre de un pueblo sin fe!
¿Qué quiere Dios de los pueblos y de las personas individuales?
“Que sean uno como nosotros somos uno” (Juan 17, 22). Esta unidad la logra la Iglesia caminando por los vericuetos de los caminos de toda la tierra. Porque la Iglesia ante las dimensiones culturales de la globalización asume el desafío de defender el humanismo cristiano. Como dice Juan Pablo II, “la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium).
La Iglesia, caminando por el mundo, busca la unión de todo el género humano, con toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, en plena unidad con Jesucristo.
Que esa unidad esté caracterizada por el amor, la verdad, la fraternidad y la paz, para el desarrollo humano integral. Que esa relacionalidad con Dios, con Jesucristo y el Espíritu Santo (la Santísima Trinidad) repele, rechace, al sincretismo superficial que, según mi admirado Papa, Benedicto XVI, es “un posible efecto negativo del proceso de globalización” (Cáritas in veritate Nos. 54-55); sincretismo religioso que es “factor de dispersión y de falta de compromiso”, que sólo persigue el bienestar individual y margina o rechaza lo Trascendente, a Dios.
Entre tanto, hasta la eternidad, la Iglesia sigue caminando, todos los días, anunciando el Evangelio de Jesús que es “camino, verdad y vida”, superando la dispersión de Babel de ayer y de hoy, anuncio que, de Jesús, debemos hacer, todos los días, los laicos católicos, como un deber de conciencia y de fe.

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Juan Manuel Estrada
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Escritos en el Tiempo