martes, 20 de enero de 2015

La Paz para nuestros días

“…la Eucaristía es fuente y cumbre de toda vida cristiana, es el manantial inagotable de todo auténtico compromiso cristiano por la paz”.
Difícilmente encontramos una institución que haga más por la paz. Sus aportes son innegables. Me refiero a la Santa Iglesia Católica. Sus oraciones y su misión van  encaminadas desde hace más de dos mil años al logro de la concordia y la paz.
Ese gran Papa, Pablo VI, hoy Beato, instituyó por los años 60 (1968) las Jornadas Mundiales por la Paz, celebraciones para el compromiso de ayudar a construir un mundo mejor.
“El respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz… que no es sólo ausencia de guerra…” Para su logro se exige el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos. Es obra de la justicia y efecto de la caridad (Cf. CIC, 2304; Is 32, 17; GS 78, 1-2).
El “Príncipe de la Paz” es Jesucristo. El es nuestra paz (Ef 2, 14).
Nuestro Santo Papa Francisco se ha dirigido a creyentes y no creyentes, a personas individuales y organizaciones internacionales para que promuevan la concordia y la paz. Su Mensaje del 1 de enero de 2015, expresa, lo que podría ser considerada una consigna y razón de lucha permanentes: Seamos hermanos; no veamos al otro como esclavo.
El Mensaje es un llamado a tomar más en serio el problema de las esclavitudes modernas, consecuencia de la corrupción del corazón de personas y del flagelo, abominable, de la explotación del hombre por el hombre. Mientras no veamos en el prójimo al hermano que es, la paz no pasa de ser una falacia. Son millones de seres humanos en el planeta sometidos a la esclavitud o esclavitudes modernas; trabajadores y trabajadoras oprimidas; emigrantes maltratados; trabajo esclavo; personas obligadas a ejercer la prostitución; extracción de órganos a seres humanos; niños convertidos en soldados de la mendicidad; secuestros realizados por todo tipo de organizaciones criminales… Son numerosas las maneras o formas de sometimiento a sociedades enteras por parte de quienes detentan el poder económico o político. Nuestra sociedad no escapa a esta dramática situación.
Si la esclavitud, como consecuencia del avance positivo de la conciencia de la humanidad fuera abolida oficialmente en el mundo, hay que responder a la que aún persiste con la globalización de la fraternidad, no de la indiferencia ni de la esclavitud. Se requieren esfuerzos conjuntos y globales por parte de los diferentes agentes que conforman la sociedad, más allá o al unísono con congregaciones religiosas – compuestas generalmente de mujeres – que realizan con coraje y paciencia asistencia a las víctimas de ese flagelo; su rehabilitación psicológica y formativa y la reinserción en la sociedad de destino u origen. La Iglesia constantemente hace un llamado a unir esfuerzos para derrotarla.
No puede ser visto el hombre y la mujer como objeto de comercialización. Su dignidad, su libertad, la justicia y el amor se oponen rotundamente a eso, todo por la paz en nuestros días. Esa paz que proviene de Jesucristo, tanto interna como externa, es lo mismo, ya que esta última es reflejo de aquella.
La Iglesia de Maracaibo, por obra de nuestro santo Arzobispo, Monseñor Ubaldo Santana, creó la Comisión Arquidiocesana de Justicia y Paz que realiza  esfuerzos para ayudar a construir la paz en esta jurisdicción eclesiástica. Le pide a Dios en nombre de la Virgen Chinita que ilumine a sus miembros a ser constructores de paz. Bienaventurados los que construyen la paz (Mt 5, 9).

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Juan Manuel Estrada
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Escritos en el Tiempo