lunes, 5 de diciembre de 2011

Esta noche vendrán por tu alma

“No se gloríe el rico de su riqueza, quien quiera gloriarse que se gloríe en saber que Jesús es el Señor” (Jer 9, 22 – 23)
Hay pasiones humanas que desbordadas producen desastres. El mundo actual lo evidencia.
En el elenco de esas pasiones figuran de las manos la avaricia y la codicia.
Nada más propicio que hacer del conocimiento lo que se entiende por cada una de ellas.
Así tenemos que por avaricia conocemos el afán excesivo de poseer y de adquirir riquezas para atesorarlas y por codicia, que es su hermana, el afán excesivo de riquezas.
Me intereso cada día más por los estudios de la Historia de la Iglesia. A ella tenemos que acudir en estos tiempos de Adviento, para conocer nuestras raíces cristianas, los orígenes del cristianismo y la vida de nuestros mártires, el testimonio de vida de ellos, de la primera comunidad cristiana, de los padres de la Iglesia y de los pensadores cristianos.
Uno de esos pensadores, de erudición fuera de serie, nacido allá por el siglo III d. C., en Atenas, lo fue San Clemente de Alejandría.
Era tan culto este obispo, que sembró profundas raíces en Egipto, que, en sus obras, hay 350 citas de clásicos griegos, 1500 del Antiguo Testamento y 2000 del Nuevo testamento.
Acudo a una de sus obras, El valor de las riquezas, para tratar de exponer este espinoso y vigente tema de la avaricia o codicia que tiene en vilo al planeta con amenazas de ruina económica o financiera, con sus secuelas lamentables de carácter socio-económica-políticas y de ingobernabilidad.
Dice este santo sabio que el rico no debe tirar a la borda su hacienda ni mucho menos venir alguien a destruírsela o arrebatársela.
San Clemente quiere que el ser humano destierre de su alma la primacía de la riqueza, la desenfrenada codicia y fiebre de ella…, espina de la vida, que ahoga la semilla de la verdadera vida. El aboga porque la persona humana tenga lo necesario para vivir porque, según su criterio, es ineludible e imposible que quien carezca de lo necesario para vivir, no se turbe de espíritu y se distraiga de lo más importante, con intento de procurárselo cómo y dónde sea.
Lo necesario, es difícil de precisar, cuando una economía se disloca y la inflación la enferma. Se afecta a todo el tejido social; pero, no obstante, es necesario, dejar sentado, como principio, lo necesario, que es decir “más vale poco con justicia que muchas ganancias injustas” (Prov 16, 8).
Cualquier desprevenido lector podría interpretar cuáles son esas ganancias injustas y las acciones que las generan, y para ayudarle un poco podría decirle algunas, el irrespeto por el sagrado derecho de la vida (secuestros, cobro por abortos, matar con drogas, matar para robar…), la corrupción pública y privada, vender por carne de primera la que es de segunda o alterar los pesos y medidas, el armamentismo… Hagan el catálogo y lo publicitan como pecados sociales.
La riqueza debe estar al servicio de la trascendencia, de la solidaridad, de la educación y cultura de un pueblo, de acabar con el hambre en la tierra, por el logro de la paz y la justicia, por la erradicación de la miseria…
Jesucristo le dice al avaro o codicioso: “necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? No es rico para con Dios (Lc 12, 16- 21).

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Juan Manuel Estrada
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