lunes, 14 de noviembre de 2011

Consuelo ante el dolor

“¡Animo! Soy yo no teman” (Mt 14, 27)

El sufrimiento es inesperado en la vida. No conoce de distingos de ningún tipo.

Las causas del sufrimiento son muchas y variadas, por ejemplo – de manera enunciativa – una enfermedad, un accidente de tránsito que nos arrebata un ser querido, mala situación económica, secuestro, atracos, entre otras, producen tribulación, que es congoja, pena, tormento y aflicción moral.

La tribulación lleva a la pérdida del ánimo y a la depresión. Animo es valor, energía y voluntad para enfrentar la adversidad. No es fácil pero se puede salir de ésta.

Pues bien, al perder el ánimo se cae en tristeza profunda y la psiquis se perturba o pierde sus funciones normales.

¿Qué necesita una persona en esta situación?

Me tocó vivir recientemente un hecho muy lamentable. La muerte, en un accidente de tránsito, de un angelito de apenas tres meses de nacida, hija de una persona de mi afecto.

¿Qué hacer ante esta circunstancia?

Consolarles con nuestra presencia y poner nuestros hombros para que se desahoguen. Escucharles en silencio.

¿En qué consiste el consuelo?

En hacerle compañía, abrazarle, llorar con ellos; San Pablo nos dice “lloren con los que lloran” (Rom 12, 15). Hacerle partícipe de nuestra amistad en ese momento adverso. Actuar conforme con aquello de que el amigo ama en toda ocasión. No abandona en esos instantes, cuando más se necesita su presencia.

Hay que ayudar a levantar el ánimo. Pedirle al Espíritu Santo nos provea de una palabra oportuna que reanime al abatido, una buena palabra (Prov 12, 25; 15, 23).

Hacer ver que Jesucristo siempre nos consuela en todas las tribulaciones y poder consolar a los que sufren (2 Cor 1, 4- 7).

Poner en oración al que sufre. Apoyarle. Hacerlo hasta que sean capaces de aceptar la realidad, y vivir con ella hacia adelante. Buscando sentido a lo ocurrido, que siempre Dios le va a permitir encontrarlo.

Con el poeta del pueblo venezolano finalizo estas notas diciendo: “Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos hijos, se tienen tantos niños que la calle se llena… y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle y el coche lo atropella…” Andrés Eloy Blanco, Los hijos infinitos.

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Juan Manuel Estrada
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