domingo, 12 de septiembre de 2010

Tomás Moro, Rómulo Gallegos y Andrés Eloy Blanco, ejemplos para políticos

No voy a esgrimir las razones para escribir sobre la Política y los Políticos. Que sean deducidas de estos escritos dedicados al tema.
Yo asocio la Política – así con mayúscula – como apostolado, como servicio al prójimo. Acorde con el cumplimiento del principal de los mandamientos: Amar a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, el cuerpo, el alma , el espíritu, y al prójimo como a uno mismo.
Cuando fui Presidente de la Asociación de Jueces del estado Zulia, en mi discurso de toma de posesión, dije: “Vine a servir y no a ser servido”.
Recuerdo que, en una ocasión, el Dr. Ricardo Henríquez La Roche, hombre muy religioso, y quien era en ese momento Juez superior en lo Civil, Mercantil y Tránsito, me dijo: “Yo le admiro a usted, porque pide para los demás y para usted nada”.
Mi dedicación al servicio de la administración de justicia, la lucha por un Poder Judicial Independiente y Autónomo, fue tal que, obtuve un premio: Tener que retirarme del cargo de juez y no poder disfrutar hoy, cuando lo requiero, de una pensión o jubilación, teniendo más de veinte años de servicios a la República.
Ultimamente, un servidor público honesto, el Dr. Fernando Chumaceiro, ha citado, en sendos artículos, a santo Tomás Moro, Rómulo Gallegos y Andrés Eloy Blanco.
Dice Chumaceiro que Gallegos fue “un ciudadano de reconocida conducta ética, quien fue desalojado de Miraflores por un golpe militar” (Mi deuda con la vida. La verdad, 1-9-10).
Del poeta del pueblo, Antonio Márquez Morales, también un servidor público honesto, dijo, recientemente que “es el político más prístino de la historia contemporánea de Venezuela”.
¿Qué decir de santo Tomás Moro?
El, es, Patrono de de los Gobernantes y de los Políticos, proclamado por Juan Pablo II, el 31 de octubre de 2000, según Carta Apostólica escrita para tales efectos.
Tomás Moro fue un laico, abogado, de inalienable dignidad de conciencia, la cual es “el núcleo más secreto y sagrario del hombre, en el que está sólo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (Concilio Vaticano II Gaudium et spes, 16).
Moro es “ejemplo imperecedero de coherencia moral”. Su figura, fuera de la Iglesia, es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana. Concibió al gobierno como “ejercicio de virtudes”.
Para Moro “el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Esta es la luz que iluminó su conciencia, derecho humano, derecho de Dios”.
Guardo en mis papeles la conferencia que sobre su figura dictara en el Centro Bíblico de la ciudad que lleva su nombre. Está a la orden.

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Juan Manuel Estrada
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