domingo, 9 de mayo de 2010

Nadie se va de su tierra porque quiere

El que ama ha nacido de Dios y ama a Dios (1 Jn 4, 7-16).
La caridad de Cristo hacia los emigrantes está expresada en el amor por todos, capaz de entregar, dar su vida, como la dio en pena infame de crucifixión, para salvarnos (2 Co 5, 14-15).
Moisés en el Antiguo Testamento dice: “!Maldito quien defraude de sus derechos al emigrante, al huérfano o a la viuda!” (Deuteronomio 27, 19).
Dios protege al emigrante. Él es el Padre de los que migran. Siempre lo ha sido. Con sólo leer el Exodo, en el Antiguo Testamento, podemos constatarlo, cuando, a través de Moisés, sacó del exilio, de la esclavitud, a Israel, el pueblo elegido.
En el ayer, arcano y cercano, hoy, la emigración pocas veces es elegida libremente. Nadie se va de su tierra porque quiere aún cuando hayan excepciones. Yo conozco de cerca varios casos. Podría afirmar que constituyen la excepción de la regla. La regla es que nadie emigra porque quiere. Yo tengo amigos, que, más que amigos, son mi familia, que, no obstante tener más de cuarenta años en el país, recuerdan con tristeza a su tierra. Los árboles cuando son trasplantados generalmente se secan sino encuentran condiciones propicias a su naturaleza.
El fenómeno de la migración nos toca muy de cerca y nos duele al infinito de nuestro ser. Estoy seguro que no estamos solos en el dolor. En la tristeza que produce la partida, no pocas veces sin retorno, de seres amados. Al escribir estas notas he llorado copiosamente. Mi corazón me ha jugado duro… bueno, son cosas del corazón donde a la razón le cuesta mandar. Que conste que internet no sustituye la riqueza del contacto personal.
El fenómeno de las migraciones del presente impresiona por sus grandes dimensiones. ¿Causas? ¿Un sistema económico agotado? ¿Políticas, raciales, religiosas, económicas, guerras, delincuencia e inseguridad, etc.?
Es un gravísimo asunto que inquieta a hombres, como mi admirado santo papa, Benedicto XVI, y, ayer, a su antecesor, Juan Pablo II. Invito, respetuosamente, a leer el capítulo 62 de la carta encíclica Caritas in veritate y el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz 2001, de dichos Pontífices.
Al emigrante hay que ayudarle, respetarle, como persona humana que es, no tratarle como mercancía ni violarle sus derechos laborales, porque “son muchas las civilizaciones que se han desarrollado y enriquecido por sus aportaciones” (Juan Pablo II).
Los pueblos quieren trabajo decente. Ayer lo afirmaba Juan Pablo II cuando, convocaba, a una coalición mundial a favor del trabajo decente (Jubileo de los Trabajadores 1 de mayo 2000); trabajo decente bien definido por Benedicto XVI y que, en síntesis, es el trabajo que en cualquier sociedad “sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer”.
Al hombre y a la mujer no se le debe marginar ni bloquear en sus aspiraciones a ser libre, a tener trabajo decente, a ejercer sus profesiones y a desarrollar su libre iniciativa empresarial. Trae consecuencias, entre ellas, la emigración.
Hoy ante un fenómeno tan grave, ningún país solo puede afrontar debidamente su solución. Con urgencia se requiere de la cooperación internacional. Con políticas humanas, no con leyes injustas, y si con amor, como el que Dios siempre está dispuesto a darle a sus criaturas.

lunes, 3 de mayo de 2010

Progreso integral, los poderes públicos y los ciudadanos

Antes de caer la URSS y el llamado Muro de Berlín, se hablaba de dos bloques bien diferenciados ideológicamente. Uno, occidental, y el otro, oriental. Se afirmaba que el desarrollo debía ser distinto tanto al capitalismo liberal o neoliberal como al comunista o socialista basados en el colectivismo marxista.
Nada ocurrió en ese sentido. El desarrollo siguió, pero, ahora, que estamos en crisis económica global, ya resulta, fuera de lugar, hablar de liberalismo clásico o de preeminencia absoluta de mercado para solucionar los problemas sociales. Se requiere de Estado y de mercado. Y creo que, siempre, desde Adam Smith y David Ricardo, los mercadistas han procurado la intervención del Estado. Por cierto, Carlos Marx fue discípulo de ambos y admiró lo de la intervención del Estado.
Hubo “científicos” o intelectuales que hablaron del “fin de la historia”, del triunfo definitivo del capitalismo. Y ya sabemos qué pasó con esa posición, nada original en los anales de la historia.
Se impuso la globalización que, no es buena ni mala; pero que bien utilizada, con equidad y justicia, sirve para crear bienestar para todos. No se logró y el malestar en la globalización alcanzó a la inmensa mayoría de los pueblos del mundo hasta el presente. Los G-8 empezaron a ser atacados por doquier y sus reuniones eran – son - motivo de protestas mundiales.
Recientemente, afirmé que el FMI no tiene autoridad para recomendar transparencia en políticas económicas en país alguno. El libro de Joseph Stiglitz, El malestar en la globalización, está vigente, no obstante, tener varios años de publicado. Invito a leerlo y releerlo, y encontrarán en ese texto las razones de mi afirmación.
Se plantea hoy, ante la crisis económica y financiera global, un desarrollo fundado, no sólo en el progreso económico, sino un desarrollo auténtico e integral. Que esté en función, que tenga por fin, el desarrollo humano integral. En este orden de cosas, transitan Benedicto XVI, Pablo Vi y Juan Pablo II, en sus encíclicas Caritas in veritate, Populorum progressio y Solicitudo rei sociales, respectivamente, que, debemos, los cristianos católicos leer y estudiar con detenimiento.
¿Qué significó y significa aún la globalización? Para muchos países, merma de su poder, de los poderes públicos y debilitamiento – hasta la desaparición – de sus organizaciones políticas y sindicales, y, por sobre todas las cosas, mucha, muchísima, pobreza, incluso, barrida de la clase media, y por ende, alta conflictividad social e ingobernabilidad. Lo que está a la vista no necesita de anteojos.
La solución de esa crisis demanda progreso auténtico e integral, desarrollo humano integral y que los Estados “tengan nuevas formas de participación nacional e internacional que tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad civil, en este sentido, que haya mayor atención y participación en la res pública por parte de los ciudadanos” (Benedicto XVI).

domingo, 25 de abril de 2010

La subsidiaridad es garantía de libertad

“Dios no ha querido retener para Él solo el ejercicio de todos los poderes” (Catecismo de la Iglesia, No. 1884).
Dios al crear al hombre le dio libertad y talentos; éstos, que son dones o carismas, para que los hiciera fructificar según sus iniciativas de toda índole: empresariales, culturales, políticas, religiosas, deportivas y, en fin, de todo tipo.
Para el desenvolvimiento de sus actividades, el conjunto de hombres y mujeres, comunidades, pueblos, países y naciones, principalmente los pobres, a los que se les dificulta valerse por sí mismos, requieren de ayuda, tanto de los gobiernos o Estados, como de las grandes corporaciones internacionales. Necesitan que se aplique el principio de subsidiaridad acuñado por la Iglesia Católica.
Permiso para expresar que, la Iglesia que nosotros conocemos es así soberana e independiente, frente a todos los poderes de la tierra; fuerte, segura e indestructible en su unidad interna (Pío IX).
Retomo el tema.
Que quede claro desde ya. Es ayuda, no imposición de superioridad de ningún género. Ni política ni tecnológica o financiera. Ni es esa ayuda, asistencia paternalista.
Los pueblos quieren respeto a su dignidad y no dependencia. Las personas todas, también. Exigen respeto, solidaridad y libertad.
¿Qué se entiende por subsidiaridad?
Benedicto XVI, mi admirado santo Papa, que acaba de cumplir años de edad y cinco como pontífice, al tocar el principio en referencia sostiene: Que debe “mantenerse unido al principio de la solidaridad y viceversa” (Caritas in veritate no. 58).
La subsidiaridad. Según este principio “una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común” (Juan Pablo II carta encíclica Centesimus annus, 48).
Sabido es que el hombre es un ser social que por razones naturales necesita de la socialización y, por tanto, se relaciona con sus semejantes mediante el intercambio de numerosas e infinitas actividades. Lo hace a través de empresas, sindicatos, partidos políticos, asociaciones civiles, colegios profesionales, entre otras, instituciones.
Un fuerte intervencionismo del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa personales; lo mismo ocurre con alguna forma de colectivismo.
Pues bien, la subsidiaridad “traza los límites de la intervención del Estado e intenta armonizar entre individuos y sociedad. Tiende a instaurar un verdadero orden internacional” (Catecismo, 1884). Un orden internacional donde la cooperación económica sea para el desarrollo humano integral, y no contemple solamente la dimensión económica. Ha de ser una gran ocasión para el reencuentro cultural y humano, como lo dice Benedicto XVI.
Yo afirmo, con toda la responsabilidad del caso, que el capitalismo - ¿salvaje? - y el comunismo se han dado las manos para quitarle la libertad al hombre, contra su voluntad, no permitiendo sus actividades, principalmente las económicas, para el logro de su superación o bienestar, alegando que, la competitividad es ajena a la sensibilidad por el dolor de los demás, lo cual, no es la razón de fondo de esa posición, sino netamente política y económica en beneficio de élites que se enriquecen groseramente sin importar las consecuencias en detrimento del ser humano.
“Un Estado democrático promueve una amplia participación en asociaciones e instituciones de libre iniciativa” (Catecismo, 1893). Permite la libertad.
“La comunidad política debe regular sus relaciones con la sociedad civil según el principio de subsidiaridad: es esencial que el crecimiento de la vida democrática comience con el tejido social” (Quadragesimo anno, 203).Y vuelvo con lo de la ayuda. Que se convierta en “un verdadero instrumento de riqueza”. Sólo así, las soluciones a la crisis económica y financiera global podrían encontrar soluciones llenas de justicia y equidad. Sólo así se respeta la dignidad de los pueblos, de los hombres y mujeres que sufren la pobreza en este golpeado planeta que tenemos: La Tierra.